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Pluribus. Serie de dilemas, sutilezas y apertura a preguntas incómodas. Puro Vince Gilligan. Albuquerque, Nuevo México, Carol Sturka —Rhea Seehorn— , la protagonista, se queda sola ante un cambio brusco mundial: mueren de repente ochocientos millones de personas. Una convulsión y adiós. Un virus o algo que no sabemos se ha instalado en casi todos los cerebros, autoejecutándose en una suerte de cerebro mundial hiperconectado. E pluribus unum —de muchos, uno—. Todo es ya lo mismo: expulsión de lo distinto, hombre-masa, uniformidad y conformidad grupal, mismos recuerdos, mismos sentimientos, mismas emociones. Vida sin vida. Se acabó «el ritmo de la existencia» del que hablaba el poeta griego Arquíloco; se acabó la identidad personal, sustituida ahora por una colectiva, clónica, autómata y doctrinal: posthumana. Reinicio de especie, sin réplica. El caso es, que a lo largo del mundo, han quedado algunos inmunes, cortafuegos únicos de la ‘felicidad’ impostada obligatoria. Y contra ellos se inicia, al unísono, la cacería de su individualidad. ¿Cederán? ¿Es Carol una desapacible pesimista aguafiestas por querer seguir siendo, esencialmente, ella misma? ¿Es esa obstinada repulsa a la existencia inauténtica, una forma de optimismo? ¿Es Pluribus una distopía alejadísima de la uniformizante presión social actual?

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